¿Podemos entendernos o sólo adivinarnos?
Alguna vez leí, oí o alguien dijo - es terrible como se va la memoria si no anoto las experiencias en un papel, es terrible- que leer era un diálogo con otro, no importaba si ese otro había vivido hacía mil años o hace tres, o un siglo. Escribir era un ejercicio de intimidad -continuaba el ente, libro o voz- y el ejercicio, entonces, de leer y compartir, era un díalogo entre dos intimidades.
Me sorprendió mucho ese descubrimiento. Y sí. Lo es. Leer es un diálogo entre dos intimidades.
Pero acaso me ha pasado también que ese diálogo se logra en algún punto de la noche con un tinto y una plática prodigiosa. O con una tarde sentada junto a un piano viejo, oyendo llover, escuchando como un amigo toca el piano y yo canto y se nos va de poco el tiempo juntos. O a través de correspondencia electrónica hablando de construir castillos y trincheras, dejándonos conducir por el lenguaje. O a partir de aquel abrazo bajo las estrellas de Puebla junto a una casa todavía en construcción. O en las pláticas donde alguien me dice que la vida es hacer anécdota. O en las conversaciones en las escaleras a las dos de la mañana con tu amiga vecina. O cuando juntas decimos ¡Claro! -con acento norteño- después de leer un cuento de Cortázar. O cuando una morra dice: "siempre tendremos 16." O cuando alguien me llama por teléfono y me pregunta: ¿Qué estás leyendo? y yo le digo: "Cioran" y el me dice "¿Qué Ciorán? y yo le digo: "Sus cuadernos" y él me dice "Léeme algo" y yo le leo y al tiempo exlcama: "Estás en la página tal".
Sí, acaso hay esos momentos mágicos en donde llegamos a acercarnos y casi nos tocamos. Pero después, en la vida donde se tiene que sacar la basura y levantarse e ir a la escuela o el trabajo, o estar en casa sentado en una comida familiar escuchando porque has desperdiciado el tiempo de tu vida, desaparecen.
Cuando lanzo una palabra y quiero que llegue a tus oídos, se ha perdido en el trayecto parte del sentido. No, más bien, de mi sentido. Permanece la intención y hacia tí viaja, pero no puede evitar encontrarse con toda tu presencia: la de tus ideas, la de tus recuerdos, la de tu mundo interior que también quieres expresar y que está permeando mi palabra que no es virgen y que ya entiendes de manera distinta- Entonces la creas y asientes y la dejas entrar. Y luego esa palabra viaja a través de todo ese mundo y sale de tu boca y vuelve a entrar enl a mía. Y así nos creamos, uno en el otro y uno con otro.
Sí, hay esos momentos mágicos.
Pero hay otros que ni si quiera admiten la creación. Hay otros momentos, hay otros seres humanos que ni si quieran oyen la palabra. Ellos saben como han experimentado su vida, qué es lo correcto, lo bueno y lo malo. Ellos saben qué es mejor para tí. O a lo mejor no lo saben pero como son más grandes tienen autoridad para decirte.
Hay momentos en que tú les cuentas que tus maestros te han dicho que en composición estás excelente y ellos sólo dicen: "bueno, no morirás de hambre y retratarás bodas".
Hay momentos en los que quieres decirles que Fahrenheit cambió mucho de tu perspectiva y qué por eso regalas ese libro a las personas que te son especiales y ellos sólo dicen que no se acuerdan del nombre de tu carrera.
Hay momentos en que quisieras gritarles que no te entienden pero te frenas porque te preguntas si acaso tu has hecho ya un esfuerzo por entenderlos a ellos.
Hay momentos en los que escupes la palabra fría, asquerosa y débil, porque no puedes aceptar que la convivencia y el compartir cosas no sean ayuda suficiente para poder comunicar algo a las personas que quieres. Y que a veces entre más te acercas a ciertos mundos te alejas más de otros. Y te preguntas cómo hace el arte para hacerte sentir tan pleno en un minuto y tan vacío en dos.
Y entonces te da rabia poseer la palabra y que sea inútil. Inútil porque no está con ella la explosión de ese sentido. Inútil porque la gente que quieres no la oye. Y te sientes como en el mito de Babel, o como en un pentagrama vacío. Te sientes como un homínido al que no entienden sus captores. Y entonces quieres gritar.
A veces me entristece mucho que ese diálogo entre intimidades se de con personas muertas. Y que no pueda hacerme entender en una comida de lunes cualquiera, diciendo: aquí estoy.
Me sorprendió mucho ese descubrimiento. Y sí. Lo es. Leer es un diálogo entre dos intimidades.
Pero acaso me ha pasado también que ese diálogo se logra en algún punto de la noche con un tinto y una plática prodigiosa. O con una tarde sentada junto a un piano viejo, oyendo llover, escuchando como un amigo toca el piano y yo canto y se nos va de poco el tiempo juntos. O a través de correspondencia electrónica hablando de construir castillos y trincheras, dejándonos conducir por el lenguaje. O a partir de aquel abrazo bajo las estrellas de Puebla junto a una casa todavía en construcción. O en las pláticas donde alguien me dice que la vida es hacer anécdota. O en las conversaciones en las escaleras a las dos de la mañana con tu amiga vecina. O cuando juntas decimos ¡Claro! -con acento norteño- después de leer un cuento de Cortázar. O cuando una morra dice: "siempre tendremos 16." O cuando alguien me llama por teléfono y me pregunta: ¿Qué estás leyendo? y yo le digo: "Cioran" y el me dice "¿Qué Ciorán? y yo le digo: "Sus cuadernos" y él me dice "Léeme algo" y yo le leo y al tiempo exlcama: "Estás en la página tal".
Sí, acaso hay esos momentos mágicos en donde llegamos a acercarnos y casi nos tocamos. Pero después, en la vida donde se tiene que sacar la basura y levantarse e ir a la escuela o el trabajo, o estar en casa sentado en una comida familiar escuchando porque has desperdiciado el tiempo de tu vida, desaparecen.
Cuando lanzo una palabra y quiero que llegue a tus oídos, se ha perdido en el trayecto parte del sentido. No, más bien, de mi sentido. Permanece la intención y hacia tí viaja, pero no puede evitar encontrarse con toda tu presencia: la de tus ideas, la de tus recuerdos, la de tu mundo interior que también quieres expresar y que está permeando mi palabra que no es virgen y que ya entiendes de manera distinta- Entonces la creas y asientes y la dejas entrar. Y luego esa palabra viaja a través de todo ese mundo y sale de tu boca y vuelve a entrar enl a mía. Y así nos creamos, uno en el otro y uno con otro.
Sí, hay esos momentos mágicos.
Pero hay otros que ni si quiera admiten la creación. Hay otros momentos, hay otros seres humanos que ni si quieran oyen la palabra. Ellos saben como han experimentado su vida, qué es lo correcto, lo bueno y lo malo. Ellos saben qué es mejor para tí. O a lo mejor no lo saben pero como son más grandes tienen autoridad para decirte.
Hay momentos en que tú les cuentas que tus maestros te han dicho que en composición estás excelente y ellos sólo dicen: "bueno, no morirás de hambre y retratarás bodas".
Hay momentos en los que quieres decirles que Fahrenheit cambió mucho de tu perspectiva y qué por eso regalas ese libro a las personas que te son especiales y ellos sólo dicen que no se acuerdan del nombre de tu carrera.
Hay momentos en que quisieras gritarles que no te entienden pero te frenas porque te preguntas si acaso tu has hecho ya un esfuerzo por entenderlos a ellos.
Hay momentos en los que escupes la palabra fría, asquerosa y débil, porque no puedes aceptar que la convivencia y el compartir cosas no sean ayuda suficiente para poder comunicar algo a las personas que quieres. Y que a veces entre más te acercas a ciertos mundos te alejas más de otros. Y te preguntas cómo hace el arte para hacerte sentir tan pleno en un minuto y tan vacío en dos.
Y entonces te da rabia poseer la palabra y que sea inútil. Inútil porque no está con ella la explosión de ese sentido. Inútil porque la gente que quieres no la oye. Y te sientes como en el mito de Babel, o como en un pentagrama vacío. Te sientes como un homínido al que no entienden sus captores. Y entonces quieres gritar.
A veces me entristece mucho que ese diálogo entre intimidades se de con personas muertas. Y que no pueda hacerme entender en una comida de lunes cualquiera, diciendo: aquí estoy.